Barcelona

He pasado este fin de semana en Barcelona. Ha sido la primera vez que estaba allí, y por lo tanto, la primera vez que descubría el encanto de esa ciudad.

Hace tiempo comenté que si no viviese en Madrid seguramente viviría en Barcelona. Y este fin de semana, aún a pesar de todas esas maravillosas ciudades que me quedan por conocer, me ha reafirmado en esa teoría.

La ciudad, a mi modo de ver, es una mezcla entre las ciudades costeras y Madrid. Y me encanta esa comunión de arquitectura, paisajes y ordenación urbanística. Probablemente coge lo mejor de cada una.

Pero más allá de la belleza urbanísitca o arquitectónica, me quedo con un par de datos, dificilmente extrapolables a la capital, pero que sí podrían ayudarnos. Como  proyecto de urbanita que soy, me interesa mucho la movilidad en una ciudad. Madrid ahora mismo es como una vena con colesterol, donde los coches en doble fila se adhieren a las venas y obstruyen el paso de la circulación. Por contra, en Barcelona toman mucho triglicerido en forma de Vespa. Y más allá de eso, una cultura (impulsada y apoyada por el Ayto.) de montar en bici (alquiler de una por 24 euros al año, más información en bicing) y de montar en patines hace que el Omega 3 limpie todas nuestras arterias.

Es cierto que la orografía madrileña no facilita el transporte en bici o patines (demasiadas cuestas en determinados sitios) pero ello no debe obviar el mérito de la iniciativa catalana. Es más, en prácticamente toda la ciudad es posible circular por un carril bici. Kilómetros y kilómetros de preferencia para moverse. Y eso es un lujo.

Madrid debería aprender. Quizá el éxito no fuese el mismo… pero hay que intentarlo (el servicio de bicis lleva más de millones de usos) . Y lo que sí es posible, es fomentar la cultura de la Vespa (lease como “moto pequeña”). Eso es hacer política responsable, comprometida, eficiente y no gastarse millones en túneles, como nuestro querido y excluido Gallardón. (Frase en honor a mi querido compañero Pablo Mendoza)
 

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